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Cuando a principios del siglo XVIII Joaquín Churriguera efectuó la ornamentación de las bóvedas en la Iglesia, no dudó en conservar la cubierta de madera entonces existente. Es decir, respetó los artesonados primitivos, rebajando con la fabricación de la falsa bóveda la altura del Templo. Gracias a ello y mediante un ingenioso e inédito sistema de pasarelas y puentes metálicos instalados durante la restauración de 1988 podemos admirar de cerca sus dos diferentes artesonados.

El descubrimiento de estas magníficas techumbres aconteció a inicios del mes de febrero de 1973, cuando los obreros que efectuaban trabajos de reparación en el tejado de la Iglesia entraron en el espacio situado sobre la bóveda y por debajo de la cubierta y cogieron unas cuantas palomas que anidaban en él. Posteriormente, varias monjas “aventureras” sintieron la necesidad de conocer este lugar y se decidieron a entrar en el mismo. Esta experiencia la repitieron en más ocasiones, apoderándose en algunas de ellas de pichones o palomas. En una de estas incursiones, observaron que había unas tablas pintadas y arrancaron una. Vista esta tabla por la Comunidad, pensaron que podía ser cierta la existencia del artesonado del que habían oído hablar por la cita que del mismo hacía Gómez Moreno en su “Catálogo Documental de Salamanca”, pág. 182, pero debido a la oscuridad del lugar no pudieron comprobarlo de momento. Posteriormente fue mostrada dicha tabla a Don Antonio Lucas Verdú, cronista oficial de la ciudad por entonces, quien visitaba a la Comunidad frecuentemente. Se sugirió la posibilidad de que hubiese más tablas similares y Don Antonio, a pesar de las dificultades que entrañaba, acompañado de el periodista don Pedro Casado y don Salvador Polo y convenientemente equipados, días más tarde decide subir a verlo. Así fue como estos pudieron contemplar con gran satisfacción tan interesantísima techumbre después de  tantos años escondida.

Tras el descubrimiento, por parte de la Comunidad se barajaron varias posibilidades respecto al destino del artesonado. Entre ellas la de venderlo para sufragar las reparaciones y reformas de las que siempre había precisado el edificio. No obstante, antes de adoptar ninguna resolución, se informó al Ministerio de Bellas Artes en Madrid sobre tan feliz evento, lo que dio lugar al desplazamiento hasta este convento salmantino de diferentes técnicos y personalidades, quienes lo apreciaron en su  verdadero valor, desanimando a las monjas de sus iniciales intenciones de venta o traslado y motivándolas a su conservación con la posibilidad de ayudas técnicas o económicas por parte de las distintas instituciones públicas o privadas.

Hay que elogiar la gran labor restauradora efectuada sobre estos artesonados, ya que, considerados como los más antiguos que conserva un edificio salmantino en su emplazamiento original, se encontraban muy afectados a causa de las filtraciones acuosas y la carcoma, además del deterioro adicional producido por las palomas, que convirtieron este espacio en su refugio habitual.

La amenaza de desplome era evidente, por lo que se procedió a su total restauración, consolidando su estructura, protegiendo la madera y limpiando y preservando su policromía.

El artesonado primitivo, confeccionado en par y nudillo a principios del siglo XIV, constituye la mayor parte de la techumbre.  Se muestra policromado en los cantos de sus pares y nudillos con dibujo de espiga en tonos azul y blanco, mientras que las vigas que cuadran los ángulos se refuerzan mediante arietes ornamentados con policromadas tallas de cabeza de carnero (ver dibujo nº1 e ilustración de cubierta). Artesones con dorados florones de gran vistosidad decoran el almizate (parte central) (ver foto nº20), y de los faldones conserva dos calles reconstruidas con piezas de todo el conjunto, puesto que esta parte fue la más afectada por la humedad. El resto de los faldones, al ser irrecuperables se sustituyeron por nuevas piezas coloreadas en azul.

Dibujo nº 1
Dibujo nº 1

Foto nº 20
Foto nº 20

Resaltan sobremanera las dos franjas del arrocabe por sus pictóricos  escudos de nobles familias salmantinas (ver foto nº21); blasones que se muestran flanqueados por motivos  vegetales y animales variados. Estamos ante un conjunto de 135 escudos que constituyen la más extensa y completa colección que posee la ciudad. Muchos de ellos se repiten, otros figuran una sola vez, y en ocasiones muestran sus colores y muebles alterados o deteriorados. La mayor parte he podido identificarlos, mientras que otros se encuentran en proceso de investigación. Destacan los de los linajes  de: Enríquez de  Sevilla, Rodríguez de las Varillas o de Villafuerte, Maldonado, Cáceres, y Aguiar (de este derivó el de Aguilar), así como el de los descendientes del rey Juan I de Aragón y los del Reino de Castilla y León correspondientes a la época en que se construyó el artesonado.

Foto nº 21
Foto nº 21

Las tabicas de los pares presentan igualmente pictóricos castillos y leones que conforman individualmente los emblemas de Castilla y de León (ver foto nº23).

Foto nº 23
Foto nº 23

Veinticuatro ménsulas distribuidas  de dos en dos, sobresaliendo por encima de la primera franja del arrocabe y situadas afrontadamente la mitad en cada muro, sirven de asiento  a sus correspondientes seis parejas de tirantes, sobre cuyos extremos corren las correas que soportan el peso de los pares. Los espacios que quedan entre cada pareja de ménsulas y de tirantes se decoran con pictóricos motivos vegetales, formas geométricas o animales fantásticos (ver foto nº22), algunos de ellos muy curiosos, presentando cabeza humana cubierta con alto sombrero negro terminado en pico, cuerpo de extraño dragón y pezuñas (ver dibujo nº2).

Foto nº 22
Foto nº 22

Dibujo nº 2
Dibujo nº 2

La zona de techumbre correspondiente a la cabecera de la estancia data del siglo XV. Es producto de un intento de sustitución del artesonado anterior, cuyos trabajos no se concluyeron a causa de un error en la disposición de las piezas, motivando su desplazamiento hacia el muro norte y el consiguiente desencaje de sus tablas, lo que hubiera provocado el desmoronamiento de la estructura.

Siendo de estilo mudéjar, utiliza prematuramente la técnica de lacería, aunque su ornamentación, al  no  poder terminarse el proyecto, quedó incompleta (ver foto nº19).

Foto nº 19
Foto nº 19

En el lado opuesto observamos otra zona de techumbre que es fruto de la reforma efectuada a mediados del siglo XVIII, al tiempo que se llevaba a cabo la remodelación del coro alto y la construcción de la falsa bóveda que cubrió el coro bajo. Contemplando esta  zona detenidamente, vemos que presenta idéntica estructura que la parte correspondiente al siglo XIV, aunque sin policromía alguna.

Por tanto, estas interesantes techumbres quedan por debajo de una sólida estructura de madera y piezas metálicas que sirven de soporte al tejado, conservando su aspecto original.

Se trata, como indiqué anteriormente, de tres partes de cubierta diferentes que pertenecen a distintas épocas, por lo que su estudio  resulta de gran interés para un mejor  conocimiento de la evolución histórica y estilística de la carpintería española.

En la del siglo XIV, la más preciosista y de mayor tamaño, llaman poderosamente la atención en los lados septentrional y meridional del arrocabe unos escudos que, dentro de su correspondiente orla, lucen un castillo o un pájaro negro; castillo que no tiene el color establecido heráldicamente para el reino castellano, y pájaro que es similar a la paloma representada en algunos blasones que señorea el techo del convento toledano de Santa Clara. Sorprende asimismo contemplar en las bandas del arrocabe de ambos laterales escudos con campo partido en cruz aspada que muestran en los cuarteles superior e inferior un castillo y en los de izquierda y derecha un león rampante mirando hacia el mismo lado, es decir, a la cabecera de la Iglesia, en vez de estar afrontados, que sería lo heráldicamente correcto.

Por otra parte, se aprecian algunos detalles que denotan un cierto arcaísmo en esta armadura. Ello ocurre con el agramilado que parecen ofrecer los pares y nudillos, el cual no es tal sino una leve incisión de sección cóncava, además de que el nudillo no ha sido cortado siguiendo la regla de echar cabeza de cuadrado por la tabla de la alfarda; regla que, a pesar de que para algunos expertos haya de seguirse de forma indiscutible, no fue observada, prefiriendo realizarse los pares y nudillos con la misma escuadría. Ello contribuía a un debilitamiento de este tipo de estructuras, ya que suponía aumentar el tamaño de la garganta precisa en las alfardas para alojar los cornezuelos del nudillo.

Pasemos ahora revista a la armadura del siglo XV que se encuentra junto a la cabecera de la sala. Es una hermosa techumbre apeinazada, de lacería, aunque la falta de lazo en los faldones hace pensar que fue ejecutada en una época en que no hacía mucho tiempo que se habían empezado a construir este tipo de armaduras; cuestión de la que, asimismo, hace dudar el sofisticado y geométricamente impecable trazado del almizate. Observando el trabajo que ofrece el último nudillo de la misma, resulta manifiesta la intención del ejecutor de continuar su realización a fin de cubrir toda la nave y sustituir con ella a la del siglo XIV, aunque, al comenzar a abrirse los pares y distanciarse cada vez más conforme se alejaban de los cuadrales, detuvo su ejecución.

En cuanto a la restauración de la carpintería de estas techumbres, básicamente se efectuó en las estructuras de cubierta. Respecto a la armadura con lacería en el almizate del siglo XV, se llevó a cabo la reposición de taujeles (listones de madera) desprendidos o tronchados por la rotura de la zona correspondiente a la garganta de los pares, así como de toda la tablazón de trasdós necesaria, además de aplicársele el debido tratamiento anticarcoma y restaurador a base de insecticidas y aceites.

El artesonado central, el más valioso histórico-artísticamente entendido, fue objeto del mismo tratamiento. No obstante, algunas zonas, por estar romados los pares, tuvieron que ser desmontadas parcialmente y después reconstruidas y colocadas independientemente de las contiguas.

Por último, la parte de armadura que cubre la zona más cercana a los pies de la sala, casi necesitó solamente el tratamiento preventivo de insecticidas y aceites aplicado a todo el  conjunto.

La parte más alta del edificio la constituye el torreón que se alza en su ángulo  nor-occidental, esquina a las calles de Santa Clara y de Los Mártires; torreón-mirador que fue construido entre los  años 1727 y 1728 como algo añadido al Convento sobre una parte del coro alto. En 1980 la Dirección General de Bellas Artes del Ministerio de Cultura lo restauró conforme al proyecto establecido para ello por el arquitecto salmantino Don Antonio Fernández Alba.

Así pues, subimos por la metálica escalera  que sustituyó a la muy deteriorada de madera existente hasta dicha restauración y llegamos hasta la estancia que conforma el mirador. Con ello nos encontramos ante doce acristalados ventanales de arco de medio punto soportados por pilastras de fuste liso que se distribuyen por las tres caras que miran al exterior.

Su restauración consistió básicamente en la consolidación de la arquitectura. Esto es, se desmanteló su ruinosa techumbre para colocar un techo y cubierta de materiales resistentes e incombustibles, además de instalarse la férrea viguería que  apoya sobre sus sólidos muros. Por último, al igual que se hizo en la estancia del coro alto, se cambió el solado de ladrillo de tejar que tuvo desde sus orígenes  por un piso de baldosa de terrazo.

Este espacio, utilizado principalmente como zona de recreo por las monjas de la Comunidad, sirvió igualmente como secadero de ropa y lugar habitual de costura al encontrarse dotado de una espléndida iluminación natural. Asimismo, constituyó para ellas el punto idóneo desde el que poder seguir, tras la celosía, el discurrir de la procesión correspondiente a la festividad de Santa Clara (11 de agosto).

La Comunidad de religiosas denomina cariñosamente a las tres campanas con que cuenta el Convento, dos de las cuales se pueden contemplar desde este mirador, con los nombres de: “La Clara” a la principal; “La Inés” a la intermedia (ver foto nº24); y “La Beatriz” a  la  más pequeña. Todos ellos como honorífica referencia a su seráfica  Madre Clara  y  a sus hermanas en sangre y en religión Santa Inés de Asís y Beatriz.

Foto nº 24: arquería del claustro, con la espadaña de la campana intermedia (
Foto nº 24: arquería del claustro, con la espadaña de la campana intermedia (

Desde este emplazamiento podemos gozar privilegiadamente de insospechadas y espléndidas vistas  de algunos monumentos salmantinos y sus entornos. Entre otras (ver foto nº 25), las torres y góticos pináculos de la Catedral Nueva, la fachada y  torres de la Clerecía, o la Iglesia del Convento dominico de San Esteban, y en menor medida las  cúpulas de las iglesias de La Purísima y de San Sebastián; así como  las espadañas de las parroquias  de San Pablo,  San  Martín, la de la Universidad civil y la del ex convento de Calatrava, o la arqueada galería del Palacio de Orellana propiedad del marqués de Albaida.

Foto nº 25: panoramica contemplada desde el Mirador, donde resaltan los edificios de la Catedral Nueva y la Clerecía.
Foto nº 25: panoramica contemplada desde el Mirador, donde resaltan los edificios de la Catedral Nueva y la Clerecía.

Foto nº 26: comunidad al completo (16 religiosas), en el claustro del Convento junto a S. M. Dª Sofía, el día 9 de mayo de 1989, fecha en que se inauguró el museo y se recibió, de manos de la Reina, el premio
Foto nº 26: comunidad al completo (16 religiosas), en el claustro del Convento junto a S. M. Dª Sofía, el día 9 de mayo de 1989, fecha en que se inauguró el museo y se recibió, de manos de la Reina, el premio

En suma, un lugar en el que, si hubiera estado nuestro magnífico Rector de la Universidad Don Miguel de Unamuno, habría rapsodiado con toda seguridad estos maravillosos versos suyos que escribió mirando a la ciudad desde lo alto del Campo de San Francisco:

“Alto soto de torres que al ponerse
tras las encinas  que el celaje esmaltan
dora, a los rayos de su lumbre  el padre
Sol de Castilla;
bosque de piedras que arrancó la historia
a las entrañas de la tierra madre,
remanso de quietud, yo te bendigo,
¡mi Salamanca!”.

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