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La sala del coro alto, a plomo con la del coro bajo y con idénticas dimensiones, sufrió a mediados del siglo XVIII una remodelación  que atenuó su valor artístico. Originalmente la cubría un polícromo artesonado y rasgaba sus muros con góticas ventanas ajimezadas. El artesonado se sustituyó por una sólida armadura de gran y doble nudillo, aprovechándose como correas algunos pares del primitivo artesonado. De las ajimezadas ventanas solamente se conserva una en su integridad (ver foto nº15), a excepción de los vidrios policromados que exhibiera inicialmente, ya que se ha restaurado y colocado en ella, a modo de cristal, piezas de alabastro. De la otra, la que se rasgó hasta el suelo para convertirla en puerta  de acceso a la sala, queda el arco apuntado y la tracería de su intradós.

Foto nº 15
Foto nº 15

Esta estancia acoge una serie de imágenes vestidas (de “candelera”) de los siglos XVI al XIX, las cuales cifran su valor artístico en las vestimentas o hábitos que portan, fabricados artesanalmente por las propias monjas con abundancia de hilo de plata u oro (bricho) y variadísimos bordados.

La más antigua, y quizás la más completa, es la Virgen de la Consolación, del siglo XVI, cuya hornacina de madera conserva todas las piezas de cristal soplado que tuvo desde sus orígenes, unidas mediante listeles de plomo fundido. Otras son: la imagen del siglo XIX  que representa a Santa Clara, cuyo hábito está confeccionado con la tela de un traje que perteneció a la reina española Isabel II; traje que ella misma regaló al Convento para vestir a Santa Clara. El ara en que asienta esta imagen se reviste de azulejería toledana.

En otro altar, chapado con este mismo tipo de azulejos, vemos dentro de hornacinas similares a las de la Virgen de la Resurrección y la de Santa Rosa de Viterbo, ambas pertenecientes al siglo XVII, y la de Santa Catalina de Bolonia, del XVIII. Alojadas en diferentes  hornacinas  distribuidas por la sala encontramos las imágenes de Santa Ana con la Virgen niña; la de la Virgen de la Esperanza, y la de Santa Inés de Asís, hermana de Santa Clara, todas pertenecientes al siglo XVII, así como la dieciochesca de la Virgen del Socorro.

Tres tallas en madera se unen a las imágenes anteriores en este coro alto: la policromada y estofada de gran belleza que representa a la Inmaculada, realizada en el siglo XVII, muestra profusión de tonos dorados y gran riqueza cromática; la policromada de la decimosexta centuria que configura a Jesús Nazareno con la cruz a cuestas; y la también pintada talla de San Francisco de Asís, del siglo XVII, que coge en sus manos  un pequeño crucifijo al que mira con devoción.

La citada imagen del nazareno asienta sobre un altar de azulejos decorados por Luis Sevillano y Angeles Asensio en su taller del pequeño pueblo salmantino de Calzada de Valdunciel, cercano a la capital. La realización de este altar fue encargada por la comunidad de religiosas en 1992 a dicho matrimonio de artistas para rendir homenaje a  la patrona  de Salamanca, Nuestra Señora de la Vega, cuya pintura, fiel reflejo de la románica escultura que exhibe el retablo mayor de la Catedral Vieja, ornamenta los azulejos frontales de este ara.

Asímismo, se exponen en esta sala  tres singulares  piezas de madera que pertenecen al siglo XVII. son: el tenebrario, utilizado antiguamente para el Oficio de Tinieblas, que se celebraba en Viernes santo; el tornavoz, elemento a modo de sombrero que cubría el ya desaparecido púlpito de la Iglesia monasterial, que estuvo emplazado en el lugar que hoy ocupa el órgano de la misma; y la tercera es una originalísima cruz del siglo XIII (ver foto nº16), la cual pudiera constituir la obra más antigua de cuantas alberga el Museo. Está policromada en base a dibujos geométricos, característicos de  la transición  románico-gótica. Se trata de una pieza  de gran sencillez y singular  concepción que está  fabricada con escasos recursos y en  la que el crucero está situado por encima de  lo habitual, viéndose así reducido el tamaño de su cabecera.

Foto nº 16
Foto nº 16

Los cuadros que cuelgan en las paredes, todos ellos anónimos, muestran diversa técnica, calidad y formato. Escenifican a: la Sagrada Familia, la Oración en el Huerto, San Juan de Sahagún, Santa Teresa, la Virgen de la Soledad, San Antonio de Padua, la estigmatización de San Francisco, San Jerónimo. Santa María Magdalena, y la Virgen amamantando al Niño.  Son obras realizadas en los siglos XVII y XVIII, a excepción del último, que pudiera  datar del XVI y que ofrece en  los rostros de ambos  personajes rasgos cuzqueños.

Antes de abandonar la sala del coro alto merece la pena asomarse a la Iglesia a través de la enrejada ventana abierta en la cabecera de la misma; Iglesia cuya datación inicial se remonta a finales del siglo XIII, siendo remodelada principalmente en dos ocasiones: una como consecuencia del incendio registrado en 1413, y otra a caballo entre los siglos XVII y XVIII en atendimiento a los gustos y necesidades de la época.

Dos arquitectos, el carmelita Fray Pedro de la Visitación y Miguel de la Cruz, fueron los artífices de los planos, y junto con el cantero Domingo Díez ejecutaron las obras de la bóveda, ventanas, machones, pilastras, cornisas y frisos actuales de este templo.

Presenta un estilo barroco con copiosa ornamentación churrigueresca en sus bóvedas, retablo mayor  y retablos laterales.  El retablo  principal (ver foto n°18), trabajado por Joaquín Churriguera y Pedro de Gamboa en el año 1702, es presidido por la  imagen de Santa Clara, titular del mismo y del Convento, además de albergar las de la Inmaculada, San Antonio de Padua y San Francisco de Asís; esculturas cuya autoría es muy posible que corresponda a José de Larra, casado con María Ana Churriguera, hermana de Joaquín.  La estructura de este retablo ofrece las típicas columnas salomónicas a que nos tienen acostumbrados los Churriguera y que, al igual que el resto del retablo, lucen un espléndido dorado.

Foto nº 18
Foto nº 18

Los altares laterales siguen la misma línea, pero con una ornamentación un tanto más discreta, aunque riquísimamente dorada. Son titulares de estos altares: San Buenaventura, el Calvario, Santa Catalina de Bolonia, San Juan Bautista y Nuestra Señora del Rosario, cuyas policromadas y estofadas tallas de madera ocupan sus respectivos retablos.

En el muro norte, a la izquierda de la puerta, observamos un espléndido órgano barroco (ver foto nº17), que asienta directamente sobre el suelo y que fue instalado en  este emplazamiento tras la última restauración.

Foto nº 17
Foto nº 17

Montado en 1725 por el organero Agustín García con la colaboración del tallista Alfonso Pérez y el entallador Francisco Montero, así como del organista Juan Sánchez, realizó su ajuste definitivo el organero Felipe de la Peña.

Anteriormente estuvo situado en el coro bajo, y se encontraba en tal estado de deterioro que hizo  necesaria su restauración; trabajo que realizó el organero Luis Magaz Robain en  1988. Está confeccionado en madera  sangrada de pino, y su fina talla constituye un buen exponente del estilo barroco castellano.

Esporádicamente se ofrecen en este templo conventual conciertos abiertos al público; ocasiones éstas en las que se pueden comprobar las magníficas cualidades de que el  órgano es poseedor.

La Iglesia, de pequeñas dimensiones y planta rectangular, se cubre mediante bóvedas de medio cañón con lunetos que se encuentran individualizadas por arcos fajones de medio punto, ofreciendo en sus cimbras una prolífica ornamentación estucada en yeso y policromada; complemento ornamental que llevó a cabo Joaquín Churriguera.

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