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La galería del Claustro bajo (ver foto nº13), la única abierta a las visitas del Museo y más antigua que las restantes, se cubre con magnífico alfarje o techumbre mudéjar del segundo cuarto del siglo XVI. Plano y policromado, conforma casetones con adornos moriscos y follajería gótica sobre estrellas de ocho puntas. Este vistoso alfarje de interesante y espléndida policromía ha sido recuperado casi en su totalidad. En la confección se advierte su antigüedad, aunque para ello se utilizasen muchas de las técnicas que después se aplicaron en la carpintería de lacería, mostrando anticipadamente a su tiempo el “lazo apeinazado”. Incluso resulta curioso el relieve conseguido mediante el recorte hecho en  las vigas y peinazos, pues se trata de una fórmula intermedia entre  el apeinazado y el ataujerado,  lo cual da lugar a una compleja combinación de elementos estructurales con otros sobrepuestos.  Su restauración consistió en la limpieza y protección de la policromía y la reposición de algunas de sus piezas, dejándolas sin colorear.

Foto nº 13
Foto nº 13

La parte lindera con el patio claustral se sustenta sobre seis pequeñas columnas románicas de aire visigótico o mozárabe que tienen por capiteles estípites de sección cuadrangular, donde lucen la labra de tallos con flores cerradas, caras femeninas, circunferencias concéntricas y cintas enrolladas en espiral; capiteles correspondientes al pórtico del mismo estilo que, ocupando este mismo emplazamiento, pertenecieron a la primitiva ermita de Santa María que fue origen del actual Convento, salvo las basas de algunas de ellas, que pudieran datar de finales del gótico o del renacimiento. Estas columnillas quedaban semiocultas por un muro de ladrillo ya derruido y sustituido por cristales filtrantes a modo de ventanales (ver fotos nº8 y 9), buscando la protección de la policromía del alfarje y las pinturas expuestas en esta galería, bajo cuyo solado de losas de pizarra dura extraídas de las canteras que se localizaban en la villa salmantina de Alba de Tormes, alberga el cementerio conventual.

Foto nº 8
Foto nº 8

Foto nº 9
Foto nº 9

Foto nº 10
Foto nº 10

Observamos cómo sobre dichas  columnillas asientan zapatas (ver foto nº10), pintadas en sus extremos con caras renacentistas de gestos variados. Sobre éstas se emplazan varias vigas que sirven de soporte al artesonado y lucen cinco escudos idénticos, donde aparecen semiborradas  las armas de doña María de Anaya, esposa de don Francisco de Herrera, oidor de Méjico; matrimonio que hizo construir el Convento de las monjas Bernardas, conservado en gran parte dentro del Colegio Calasanz de los PP. Escolapios del Paseo de canalejas.

En el fondo oeste de esta galería museística, sobre un altar revestido de azulejería toledana cuelga un espléndido cristo de madera realizado en el siglo XV (ver foto nº11).

Foto nº 11
Foto nº 11

Es de  tipo gótico-bizantino; estilo infrecuente  en esa época, por lo que constituye una pieza muy apreciada. Este Cristo estuvo anteriormente repintado, siendo eliminada su policromía durante la restauración llevada a cabo dos años antes de la publicación de este libro. De esta forma, hoy  podemos admirarlo en el Museo tal y como fue concebido originalmente, a excepción de su rostro, que se dejó con el color aplicado en el momento del repinte.

Al lado de este cristo, ya en el muro septentrional y sobre un frontal de azulejería talaverana se localiza una hornacina que, a modo de tríptico con portezuelas, luce tablas pintadas en el siglo XVII. En varias de ellas se aprecia a San Juan Evangelista en diferentes representaciones  alusivas a momentos de su vida y martirio, mientras que en las restantes aparecen San Roque, San Agustín, Santiago Apóstol, Santa María Magdalena y San Antonio de Padua. Siendo de estilo barroco, destaca la utilización de pan de oro enmarcando espléndidamente las obras pictóricas. La imagen que ocupa el centro de la hornacina es el Niño Jesús en su versión del “Buen Pastor”. Fue realizada en los años  cincuenta del siglo XX y vino a sustituir a la pétrea escultura de la Virgen que estuvo aquí emplazada anteriormente, la cual se vieron obligadas a vender las religiosas debido a su precaria situación económica. Los atributos de la Pasión que penden del cíngulo de la túnica del Niño Jesús  fueron colocados posteriormente por la comunidad.

La gótico-cisterciense puerta que comunica esta galería con el coro bajo se ornamenta con cuatro óleos sobre lienzo que aparecen incrustados en la madera. En ellos identificamos a San Francisco de Asís, Santa Clara, San Antonio de Padua y San Juan de Sahagún, el patrón de Salamanca. Son obras del siglo XVIII.

A la izquierda de la puerta, bajo una capa de cal que la oculta, se aprecia la existencia de otra pintura mural que en aquellos momentos estaba por descubrir. De ella se veían un par de rostros y lagunas de diferentes tonalidades cromáticas.

A la derecha de la misma puerta, sobre un frontal de azulejería toledana asienta una imagen de Santa Clara en madera policromada que pertenece a inicios del siglo XVII. En 1993 estaba bastante deteriorada, por lo que se encontraba en proceso de restauración; trabajo cuya realización llevaba a cabo la comunidad de frailes franciscanos del Convento de San  Francisco “El Grande” de Madrid, que contaba con un equipo de expertos restauradores dirigido por el P. Arsenio Muñoz.

Seguidamente, una pintura mural de gran calidad perteneciente a comienzos del siglo XVI ornamenta el fondo de lo que fue altar-hornacina que albergaba la imagen de Nuestra Señora de los Angeles, la cual presidía en aquel año de 1994 el retablo barroco de la sala del coro bajo.

Los azulejos del frontal son de Talavera y datan del siglo XVII. Esta hornacina estuvo protegida por puertas de cristal soplado, pudiendo verse aún sus bisagras en las jambas.

En la pintura principal (ver foto nº 12) ocupan  el centro Santa Ana, la Virgen con el Niño y San Pablo, en un habitáculo  cuya perspectiva se logra mediante la disposición de las baldosas del suelo en diagonal, lo cual constituye una nota típicamente renacentista. Por fondo aparece un paisaje visto a través de ventanales que aportan su  toque italianizante y sirven de marco a dos lejanas escenas de la vida de Jesús: la de “La Huida a Egipto”, y otra difícil de identificar por su deterioro. Otro ventanal situado en  el centro enmarca a Cristo crucificado en un  ambiente de tinieblas  que expresa  el momento de su muerte para la redención de la especie humana.

Foto nº 12
Foto nº 12

Estos temas históricos añadidos imprimen a la pintura un juego mental  y visual muy del agrado de los pintores manieristas, y detalles como los almendrados ojos de la Virgen constituyen una reminiscencia de la pintura gótica de influencia flamenca.

Bajo la pintura principal, formando una franja, observamos otras tres escenas  dedicadas a Santa Catalina de Alejandría, Santa Lucía y Santa Bárbara; todas ellas de gran belleza y detallismo, en las que se utilizan tonos dorados, destacando la gran riqueza decorativa de sus vestimentas.

Las jambas de madera que ofrece la hornacina se decoran con pinturas del siglo XVII. Representan diferentes personajes, entre los que advertimos a: Santa Isabel, San Zacarías, San Juan Evangelista, San Juan Bautista  muy deteriorado, Santa Marcela, Adán, y Eva, la primera mujer sobre la tierra según el Antiguo Testamento.

En el fondo oriental de la galería se encuentra un altar de azulejos talaveranos del siglo XVII que, siendo posiblemente el más llamativo de cuantos de este tipo conserva la ciudad, muestra entre su policromía una representaciónn de San Nicolás Tolentino en el frente. Este sirve de asiento a un coetáneo retablo de pequeño tamaño que acoge las tallas en madera policromada de San Pedro Mártir y Santa  Margarita, también denominada  Santa Marina, además de las pinturas que representan a San Francisco y a una Virgen con Niño que parece caracterizar a la del “Perpetuo Socorro”. Esta, presidiendo el ático del retablo y con iconografía de clara  influencia bizantina, es quizás el más artísticamente valioso de todos los cuadros expuestos en este Museo. Por su estilo, y a falta de documentación que lo corrobore, parece datar del siglo XVI o inicios del XVII.

Completan la exposición en esta galería una pequeña talla policromada de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen niña, y las pinturas de: La Verónica, que muestra el paño  con la faz de Cristo; El Niño Jesús de Praga; San Juanito; San Diego de Híspalis, también apellidado “de Alcalá”; y tres escenificaciones  de Jesús que representan “El Buen Pastor”, “La Resurrección”, y “El Bautismo”. Ésta última fue también restaurada en 1993 por el mismo equipo de frailes franciscanos que capitaneaba el P. Arsenio Muñoz y que se estaba ocupando de la talla de Santa Clara mencionada anteriormente.

Además, a lo largo del muro colindante con la Iglesia y parte del coro bajo cuelgan catorce cruces de madera con incrustaciones de nácar que constituyen el “Vía Crucis”.

El patio que enmarcan las cuatro galerías del claustro acoge dos encinas, posiblemente las únicas centenarias que se conservan dentro del casco urbano. Estas dan fe de la existencia en tiempos de la fundación del monasterio de un monte de encinas en esta zona salmantina conocida como “Alto de San Cristóbal”. La mayor de estas encinas (ver foto nº14), con una antigüedad que rebasa los once  siglos, está considerada como el árbol más anciano de la ciudad, mientras que el nacimiento de la más pequeña se remonta al siglo XIII, viniendo a coincidir con la fundación del convento. Son encinas anormalmente altas, pues se han  tenido que adaptar al entorno semioscuro en el que están enclavadas,  necesitando crecer en busca de la luz solar.

Foto nº 14
Foto nº 14

También se expone en esta museística dependencia el hongo no parásito “Cercena  Unicolor” que se había desarrollado debido a la humedad sobre la corteza de la parte superior del tronco en la  encina más joven; hongo que fue descubierto y desprendido  de  la misma por el doctor en Biología don César Fuentes Sánchez durante la realización del estudio  de dichos árboles.

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