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De los últimos descubrimientos desencadenados en la Peña Celestina sabemos poco en cuanto al alcázar. Éste se comenzó a construir en el siglo XII y se reconstruyó y amplió en 1280, de aquí que en 1282 ordenase el Infante D. Sancho, hijo del entonces rey Alfonso X” El Sabio”, la prohibición a  los judíos y abadengos de excusarse de pagar el tributo necesario para la ejecución de la obra del alcázar. La responsabilidad de la defensa de la ciudad recaía en el Delegado Real y, especialmente, en el Concejo. De este órgano corporativo dependía el alcaide responsable del alcázar, la guarnición de éste y la partida de caballeros que habían de defender la ciudad y acudir en auxilio o apoyo del rey  o contra él, según la situación de cada momento.

Hemos de tener en cuenta que los caballeros, es decir, quienes tenían caballo, eran la clase militar por excelencia, y tenían por cometido el vigilar la tranquilidad interna de la ciudad y el ganado.  Así, por ejemplo, tal como establece el Fuero salmantino del siglo XIII y las Ordenanzas a él incorporadas posteriormente, por cada dos cabañas de ganado era obligada la presencia de un caballero, al cual se le relevaba cada seis semanas  o seis meses, quedando excusado de tal obligación en caso de boda o enfermedad. Por otra parte, delito muy grave se consideraba al hecho de herir o matar a un caballero, pues los de su clase constituían un estamento privilegiado y, por ello, eran propietarios de las mejores casas de la ciudad y otros bienes. Además, la mayoría de ellos ocupaban importantes cargos públicos, aunque también eran numerosos los que incurrirían con frecuencia en rebeldía y tomarían, como primera medida, el apoderarse del propio alcázar o de la catedral vieja para hacerse fuertes.

Esta rebeldía hacia el rey, sea por la causa que fuere, al dar lugar a que dichos caballeros tomasen el alcázar y se encerrasen en él para, desde allí, provocar desmanes, originó el que se plantease su demolición, a pesar de constituir el más importante bastión defensivo de la ciudad. Dichas deslealtades hacia los reyes existieron desde siempre, aunque aquí solamente citaremos las que tuvieron mayor resonancia durante  los siglos  en que estuvo vigente el alcázar. Así:v En 1282, Salamanca hace causa común con los partidarios del infante D. Sancho, que, siendo el segundo hijo del rey Alfonso X “El Sabio”, se había declarado en abierta rebeldía contra su padre por no hacerle heredero de todo el reino. Esto es, Alfonso X dejaba Jaén para el hijo mayor de su primogénito, ya  fallecido. En tal guisa, la ciudad, mediante sus procuradores, toma parte en las Cortes de Valladolid y éstas deponen al rey D. Alfonso al tiempo que proclaman soberano a su hijo.  Con ello, D. Sancho, ante las simpatías y apoyo que le había mostrado Salamanca, aquel mismo año comienza a recompensarla confirmando los Fueros del Estudio (Universidad) e impulsando activamente la reedificación del alcázar. En este sentido se promulgó la ya conocida prohibición a los judíos y abadengos de que se excusasen de contribuir lo ordenado para la ejecución de las obras, además de pedir a la ciudad que nombrase “personeros que asistiesen a las Cortes de Valladolid”, según apunta Fernando Araujo.

La mortal enfermedad que atacó el año 1283 en Salamanca al todavía infante Don Sancho, no le dejó ceñir la corona mas que desde 1284 a 1295, año en que falleció. Tan corto tiempo de reinado fue bastante fructífero en cuanto a las relaciones con otros reinos de la península, gracias, sobre todo, a la inteligencia de su esposa, doña María de Molina. No ocurrió igual respecto a la estabilidad interior, pues, como muy bien dice D. Fernando Araujo en su obra “La Reina del Tormes”, el reinado de Sancho IV “El Bravo” fue “uno de los más revueltos, intrincados y calamitosos de la historia patria; ni era posible esperar otra cosa una vez conocidos y quilatados los acontecimientos que le sirven de introducción. Rotos todos los respetos y dado el ejemplo de la desobediencia en las más altas esferas, lógico era que la cizaña acudiese, que la mala hierba prosperase, que las ambiciones más desenfrenadas se despertaran, que la avidez de honores y riquezas se generalizasen, produciendo continuos conflictos con el choque de tantas encontradas aspiraciones, y que en aquel hervidero de laboriosas intrigas y mezquinas pasiones, se desconociesen los fueros de la razón y la justicia y sólo se rindiera culto a la arrogancia y al éxito”.

Salamanca, “leal a D. Sancho desde que se apartó de la obediencia a D. Alfonso, jamás le desmintió su franca adhesión, siendo probablemente debido a esto el que, mientras el rey “Bravo” derogaba los privilegios y exenciones  que había otorgado a próceres y ciudades, villas y cabildos durante su rebelión, para hacérselos favorables, conservaba, por el contrario, los de Salamanca, a la que visitó en 1286, al mismo tiempo que galardonaba su fidelidad con otros nuevos, ya prohibiendo la cobranza de pecho alguno por las ropas de los lechos y paños de vestir; ya ordenando no se hiciese pesquisa contra los vecinos que, acusados, respondiesen sin querelloso; ya aprobando las ordenanzas que la ciudad acababa de formar sobre la salida de los salmantinos en hueste; ya concediendo al Concejo el derecho de tanteo con preferencia al rico home para la recogida de la martiniega (tributo). A esta decidida afición de Salamanca a Sancho IV, es necesario también atribuir el daño que le causaron los parciales del infante D. Juan y D. Lope de Haro, al mando de Diego López Campos, asolando el territorio en 1288, después de la ruptura de las Cortes de Toro, y apoderándose por sorpresa del alcázar, desde donde molestaron, aunque sin fruto, a la ciudad, hasta que los vecinos consiguieron desalojarles; varios pueblos que habían querido sacar partido de las circunstancias, entre ellos Miranda y Salvatierra, invadiendo el término de Salamanca con pretensión de engrandecimiento, recibieron orden de abandonar lo que hubieran ocupado, no queriendo llevar más lejos su venganza la ofendida y generosa ciudad, en cuyo término prohibía D. Sancho en 1293 y 1294, de conformidad con lo acordado en las cortes de Palencia y Valladolid, que ningún rico hombre ni rica dueña, infanzón ni caballero poderoso, comprase en adelante heredad forera, ni pechera, ni ninguna otra, para evitar la excesiva acumulación de propiedad, ocasionando graves desafueros”.

También durante los reinados de Juan II y Enrique IV, según Fernando Araujo, la vida salmantina fue “fecunda en incidentes y complicaciones, ocultos manejos y campales batallas, intrigas, pactos, y desafueros. No parece sino que flotaban en la atmósfera espíritus de discordia que, aspirándose en el aire que se respiraba, inflamaban los corazones en rabioso anhelo de disensión; porque la lucha, que hasta entonces parecía ser indiferente a las clases populares,  encerrándose en el estrecho círculo de los ambiciosos próceres, desciende a todas las esferas, embriagándose todos, grandes y pequeños en su hirviente furor; con la misma rabia con que el noble hería al noble para lograr con el trofeo de su victoria un pedazo de tierra, un castillo o un privilegio, golpeaba el plebeyo al plebeyo por defender lo que cada uno miraba como legítimo; si los magnates tramaban conspiraciones,  no les iban en zaga los plebeyos, urdiéndolas a su vez y obrando ya separadamente, ya de acuerdo con los señores; era el delirio de la discordia, era el último resplandor de la Edad Media, era el canto de muerte de la caballería, el extertor del feudalismo, el saludo salvaje, pero ruidoso, del mundo que agonizaba al mundo que venía a la vida.

¿Cómo nos ha de extrañar el ver entonces desgarrada a Salamanca por dos opuestas banderías, que se declaraban señudamente guerra sin cuartel que, tomando por motes a  Santo Tomé y San Benito, trazaban en la Ciudad temerosa línea divisoria por ninguno flanqueada sin exposición de muerte, convirtiendo las casas en atrincheramientos y en campos de batalla las calles, no ya un día y otro día,  sino un año y otro año,  hasta dejar que la yerba en el Corrillo, el Rubicón de aquellos Césares, se levantase como padrón de ignominia para acusar sus impíos odios?. Era el fruto del tiempo y de las costumbres, de aquel conjunto de fenómenos político-sociales, así como el de los atmosféricos da por resultado la lluvia o el relámpago, producía naturalmente los rencores y el aborrecimiento, la sed de lucha y de sangre. Un lance de pelota irrita los ánimos de cuatro amigos, los Manzanos y los Enríquez; de las palabras vienen a las manos  y perecen los Enríquez; acoge con sombrío  y temeroso silencio la madre los ensangrentados cadáveres de sus hijos y cruza por su mente terrible pensamiento y abrasa su corazón el ansia de la venganza; nada dice, sin embargo, y ni grita ni llora, ni maldice, ni aún parece acordarse de que los muertos se sepultan; calla, medita y calcula con estoica calma y luego sale para Villalva, en son de fugitiva con toda su servidumbre, como para quedarse a solas con su dolor; de pronto, en medio del camino se detiene y revolviendo en torno la mirada abre su pecho a sus gentes y les infunde su rabiosa ira; segura entonces de su auxilio, marcha rápido a Portugal en busca de los asesinos de sus hijos, los encuentra, derriba las puertas de su albergue, los mata y, cortándoles las cabezas, las clava en aceradas picas y hace su entrada en Salamanca vengada y orgullosa, arrojando las ensangrentadas cabezas, en son de desagravio, sobre los sepulcros de sus hijos, y cambiando desde entonces  su  nombre  de Doña María Rodríguez de Monroy por el significativo de Doña  María  la Brava”.

Con este conflicto, “a su mayor recrudecimiento llegaron estos bandos, nacidos, según se cree, en los últimos años de la décimo cuarta centuria, por la época que historiamos; junto con la enemistad, que por su  causa se procesaban, el rencor nacido de las discordias políticas, y divididos los belicosos espíritus no solo en parciales de los Enríquez y de los Manzanos, en banderías de Santo Tomé y San Benito, sino  en mílites de la causa del valido D. Álváro  y de la causa de los descontentos, no es fácil imaginar hasta qué punto llevarían sus odios”. Así, en 1440, derrocado de su estatus de favorito D. Álvaro de Luna,  y acosado el rey por quienes aspiraban a sucederle, sobre todo por los infantes de Aragón, entre los que se contaba el infante D. Enrique, marqués de Villena  y rector de la Universidad salmantina, entró el monarca Juan II en Salamanca huyendo de los alborotos de los nobles. Era corregidor de la ciudad D. Alfonso Enríquez, almirante de Castilla y amigo de los  infantes de Aragón,  y  “se hallaba  posesionado de la torre de la Catedral  (la Vieja , fortaleza no despreciable en aquellos tiempos, el revoltoso arcediano D. Juan  Gómez, hijo del difunto obispo D. Diego de Anaya, no menos enemigo de D. Álvaro de Luna,... Aposentóse D. Juan II en el Palacio Episcopal, recientemente construido por D. Sancho de Castilla (obispo de la diócesis), descendiente del rey d. Pedro, con ánimo de hallar algún sosiego, cuando el atrevido arcediano, sin respeto alguno, obligóle a  mudar de alojamiento con sus disparos desde la torre, viéndose el monarca obligado a ampararse en las casas del doctor Acevedo, tras de San Benito, que tuvo que abandonar enseguida ante las amenazas de Juan Gómez y Alfonso Enríquez, marchando a Cantalapiedra, desde donde hizo pregonar indignado terribles penas contra el insolente arcediano, a quien hacía escasa mella la regia irritación”.

En el reinado de Enrique IV se produjo igualmente otra rebelión, la de D. Pedro de Ontiveros, que se apoderó del alcázar salmantino y el propio pueblo lo desalojó, entregándolo al monarca en persona, ya que el rey había venido a Salamanca para reunir en ella a las Cortes “y  andar en trato con los autores del inaudito desacato de Ávila”.

Así pues, dos siglos después de su construcción, el rey Enrique IV ordenó al Concejo de Salamanca su demolición mediante real cédula dictada en Segovia el trece de Septiembre de 1472, por ser lugar de refugio de sus opositores, que pretendían sustituirle en el trono por su hermano, el infante don Alonso.

El historiador don Manuel Villar y Macías, en su “Historia de Salamanca” dice que: “en el territorio ocupado por los serranos, fue construído sobre la Peña Celestina, al verificarse la repoblación, el alcázar llamado de San Juan, por estar inmediato a la iglesia parroquial de San Juan Evangelista; dábanle singular fortaleza, no sólo su ventajosa situación, sino sus robustos muros, torres y baluartes; pero habiendo en ocasiones servido de amparo y defensa de desleales, fue demolido en tiempos de Enrique IV por el Concejo, al que por ello concedió el monarca en 1472 los derechos y rentas de las casas situadas en el distrito del alcázar, ya fuesen propias de cristianos, ya de judíos que habitaban aquel barrio; le concedió así mismo los derechos de castillería*, montazgo* y peaje de los ganados que cruzasen por el puente, las penas del fosario*  de los judíos y todos los materiales del alcázar y su solar; concedió también al Concejo los derechos que sobre la taberna del vino blanco pertenecían a los alcaides del alcázar;...la tabernilla del vino blanco ha sido mencionada por muchos escritores, como por Lope de Vega en “El bobo del colegio”, donde ponderando Fabio las excelencias de Salamanca, dice: “tabernilla y tabladillo tienen por tierras extrañas tal fama, que no me es cusa de que en esta cifra vaya”.

Así mismo, sabemos  por Fernando Araujo  que en 1288 entra en Salamanca don Lope de Haro y se apodera del alcázar, aunque es desalojado por los vecinos  de la ciudad que eran leales al rey Don Sancho, quien ciñó la corona de 1284 a 1295; y que en 1463  se produjo la rebelión de Don Pedro de Ontiveros, el cual se hace fuerte en el alcázar, pero, en 1465, el rey Enrique IV visita Salamanca y desaloja del mismo a Don Pedro.

Así, en Salamanca se encontraba el rey Enrique IV cuando  le llegó la noticia de que en Ávila, un grupo de nobles y caballeros descontentos y ambiciosos, a quienes se unieron otros de Salamanca pertenecientes al bando de la Iglesia de San Benito, habían protagonizado una mascarada en la que le destronaban. Al tiempo que proclamaban rey a su hermano D. Alonso. La respuesta a esto no se hizo esperar, porque, D. García Álvarez de Toledo (Garciálvarez), conde de Alba de Tormes que luego trocó este título por el de duque, llegó rápidamente en auxilio de los derechos del monarca Enrique IV  y de su esposa, Dña. Leonor de Aragón, que, desde Enero de 1440, era Señora de Salamanca, con un importante contingente de jinetes y soldados de a pié. Estos, pertrechos de armas, vencieron a los nobles y caballeros revoltosos partidarios de D. Alonso en la batalla de Olmedo en 1467 y celebraron luego el triunfo en Medina del Campo, quedando así afianzados los derechos de  Enrique IV.

Con la demolición del alcázar, Salamanca pierde aquel aspecto poderoso y amenazador que tenía desde la otra orilla del río Tormes al unirse con la almenada Catedral Vieja mediante altos torreones y baluartes. Sus restos todavía podían verse amontonados en 1525.

Dejando a un lado todos estos datos de la historia salmantina y centrándonos en la arquitectura del propio alcázar, es mi deseo reseñar que, entre los dibujos bellamente perspectivados por Antón Van Wynwaerden, venido de Flandes para visitar la ciudad hacia el año 1570, uno corresponde a los restos del citado alcázar o fortaleza que aún quedaban en pie. En el dibujo se advierten algunos trozos de muralla y las torres del alcázar, de cuyo estudio y restauración se comenzaron  a ocupar los arqueólogos a comienzos de 1998.

Sobre diferentes partes del alcázar se levantaron luego el Colegio del Rey, de la Orden de Santiago, y el Convento de San Cayetano  que fundaron los P.P. Teatinos. Por otra parte, sabemos que en 1812, dando los últimos coletazos la Guerra de la Independencia, los franceses volaron importantes restos del alcázar que se interponían en la línea de fuego de sus baterías de cañones y utilizaron sus piedras para fortificar el lugar, pero, en la actualidad, sobre los solares de las edificaciones privadas que, junto a la Peña Celestina, estuvieron destinadas a tenerías durante algunos años y fueron demolidas en enero de 1998, se han encontrado elementos arquitectónicos interesantes que testimonian haber existido “una gran torre y otra pequeña torre de flanqueo”.

Así pues, queda una  torre de flanqueo del alcázar sobre la que, a comienzos del siglo XX, se edificó otra torrecilla neomudéjar* o neohebrea*  que se conserva todavía, así como el gran torreón que conforma la “torre del homenaje” del siglo XII, la cual culminaba en unas esparagaitas situadas en sus aristas, que eran elementos defensivos muy propios de las fortalezas del reino de Castilla de fines del siglo XIV o principios del XV, lo que podría inducir a error en cuanto a la ubicación cronológica de la torre. No obstante, dichas esparagaitas fueron eliminadas durante las destrucciones de 1472 y de 1812. Incluso, en la pequeña torrecilla neomudéjar que corona la torre de flanqueo se encuentran elementos arquitectónicos propios de las técnicas arquitectónicas califales que practicaban los musulmanes, por lo que el profesor Serrano Piedecasas dice que se debe conservar, pues, por sus dimensiones y aplastamiento, parece ser de ascendencia islámica, con lo que podríamos estar ante el último y humilde vestigio arquitectónico islámico de la ciudad. En cuanto a la torre del homenaje, además de desaparecerle las esparagaitas, soporta una construcción posterior que muestra ventanas rectangulares.

De todas estas torres correspondientes a aquella antigua fortaleza militar solamente quedan los sillares de trozos de sus paramentos, aunque la torre con torrecilla neomudéjar que, a modo de palomar, se alza sobre la Peña Celestina, fue utilizada como vivienda desde la década de los setenta de la vigésima centuria. Seguidamente, hasta los años noventa, residieron en ella algunos ”ocupas”, llegando a conocer personalmente a uno de ellos, con su perro, en 1997, pocos meses antes de comenzarse los trabajos arqueológicos de descubrimiento, investigación y restauración de los restos históricos que aún subsisten en este lugar.

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