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En la calle Arroyo de Santo Domingo, frente al templo conventual del Carmen “de Abajo”, sobre pétreo pedestal se alza la escultura en bronce del que fue uno de sus más ilustres moradores. Se trata del fraile carmelita calzado San Juan de la Cruz,que, junto con Santa Teresa de Jesús puso en marcha la reforma de la Orden carmelita y se convirtió en descalzo (foto 39).

Estatua de San Juan de la Cruz en las inmediaciones de la Capilla del Carmen de Abajo.
Estatua de San Juan de la Cruz en las inmediaciones de la Capilla del Carmen de Abajo.

Estamos ante una estatua concebida por el artista cacereño Fernando Mayoral Dorado, y fue colocada  aquí por el Ayuntamiento salmantino en la tarde-noche del día cinco de mayo de 1993. Tiene un libro en la mano y pluma en ristre, como dispuesto a escribir uno de sus místicos poemas. Con esta escultura, la Casa Consistorial ha querido en nombre de Salamanca entera rendir un merecido homenaje a tan insigne poeta.

En dicha iglesia del Carmen, con motivo de la inauguración de esta estatua, se celebraron una serie de actos conmemorativos de aquel tiempo en que San Juan de la Cruz vivió en este convento y pasó por la Universidad salmantina: el primero consistió en una conferencia sobre “Las experiencias y la labor poética y religiosa desarrollada por S. Juan de la Cruz en Salamanca”, que corrió a cargo de D. Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares; a continuación tuvo lugar un recital de poemas que, dedicados al santo homenajeado, nos rapsodió* el poeta salmantino D. José Ledesma Criado, seguido de la intervención del Padre Superior de los Carmelitas Fray Francisco Brandle. Incluso, poco antes del descubrimiento  de la escultura, el coro “Francisco Salinas” desarrolló una espléndida actuación músico-vocal.

En todo ello estuvieron presentes diversas personalidades y miembros de la corporación municipal, que fue la organizadora. Carlos Adame, en sus funciones de alcalde sustituto de D. Jesús Málaga Guerrero, que no pudo asistir a todo el acto, nos hizo un elocuente recordatorio de la estancia de S. Juan de la Cruz allá por el año 1564, además de resaltar que “Salamanca dedica sus monumentos a poetas, músicos o escritores, en contraposición con lo que ocurre en otros lugares, que suelen homenajear a personalidades ajenas a la cultura. El pueblo de Salamanca muestra así su orgullo por la influencia que, a lo largo de la historia, ha tenido y sigue teniendo nuestra ciudad en el mundo de las letras”.

Dicho teniente de alcalde manifestó igualmente que “con  la incorporación de la escultura en este lugar, dentro del entorno monumental que San Juan de la Cruz recorría a diario en sus idas y venidas a la universidad para asistir a las aulas de la misma, el proyecto de rehabilitación de la zona histórica de la ciudad que ha puesto en marcha D. Jesús Málaga, va engrandeciéndose”. Por último, agradeció al escultor Fernando Mayoral  el esfuerzo realizado respecto a la investigación de la vida de este santo para conseguir en su figura la expresión de misticismo que le dio; semblante que fue elogiado por todos los especialistas que la presenciaron.

El diario “La  Gaceta” del 6 de Mayo de 1993 dice que el escultor Fernando Mayoral, en declaraciones a este periódico, manifestó estar satisfecho con el trabajo realizado y que estaba bien ubicada, aunque prefería que hubiese sido levantada en la calle del Rosario, que era el lugar inicialmente fijado por la Casa Consistorial. No obstante, a juicio de este humilde historiador que escribe para ustedes, sin duda, el punto idóneo para su instalación es el finalmente elegido, ya que S. Juan de la Cruz vivió durante algunos años en el convento al que perteneció la actual iglesia carmelita de Nuestra Señora del Carmen “de Abajo”.

En cuanto a la concepción de la escultura, Mayoral apunta: “Me he ajustado mucho a la maqueta que en su día fue aprobada por el tribunal calificador” y “he tratado de concebir una escultura que esté viva y que logre atraer la atención del público, pero sin caer en el error de convertir la obra en algo preciosista”.

Así pues, se trata de una creación en la que predomina el impacto ambiental sobre la realización técnica, pues, como dice el mismo autor, “no hemos de olvidar que cada obra tiene su asiento y su emplazamiento propio, y que, en función de ello, se harán notar unas u otras características”. Incluso, indica que sus principales características son las medidas, “porque toda escultura ha de estar en función de la escala para el lugar en que va a ir ubicada. Por eso, no ha de ser nunca ni muy grande ni tampoco muy pequeña. Lograr ese equilibrio es función del artista”.

El viernes 4 de Junio de 1993, la Comisión Municipal de Contratación aprobó la adjudicación de la ejecución de los proyectos de iluminación de las dos catedrales, el Baquero Charro de la plaza de España y la escultura de San Juan de la Cruz a la firma madrileña “IMES”, única empresa que presentó una oferta en la que se incluía la redacción y realización del proyecto y que es la que entonces se ocupaba ya de la iglesia de la Clerecía y de la Casa de las Conchas. Dicha adjudicación fue necesaria aprobarla por vía de urgencia, ya que el alcalde, D. Jesús Málaga Guerrero, deseaba inaugurar estas iluminaciones para las ferias y fiestas celebradas en el mes de septiembre en honor de Nuestra Señora de la Vega, patrona de Salamanca. El presupuesto de iluminación de las catedrales superó los cuarenta y seis millones de pesetas, mientras que bañar de luz al Baquero Charro costó seiscientas treinta y cinco mil pesetas.

San Juan de la Cruz, teniendo por nombre civil Juan de Yepes y Álvarez, nace el año 1542 en la villa abulense de Fontiveros. Siendo  muy niño muere su padre, que tenía un pequeño telar, y queda toda la familia en el más profundo desamparo. Él, su madre y todos los hermanos, tuvieron que enfrentarse a la vida y pasar muchos sinsabores para poder sobrevivir. Cuando Juanito tiene seis años marchan a Arévalo, pero el trabajo conseguido por su madre no les permite vivir con un mínimo de dignidad, por lo que se trasladan a Medina del Campo con la esperanza de mejorar la situación. Sin embargo, como el problema continúa, se ve obligado a ingresar en el Colegio de la Doctrina. En esta institución dedicada a recoger niños pobres y huérfanos es donde recibe ropas y alimentos, además de ser sumamente adoctrinado en Cristo y aprender a leer, escribir e iniciación de algún trabajo. Desde entonces pasó por el aprendizaje de numerosos oficios, tales como: sastre, carpintero, entallador* y pintor, aunque en todos ellos fracasa por falta de actitudes.

Ante tal panorama, los profesores del colegio ven como única salida el ingresarlo de monaguillo en un convento de monjas, lugar donde Juan despunta por sus dotes de humildad y sencillez. En aquel monasterio desempeña el trabajo de monaguillo, modesto y mal pagado, pero pronto logra un puesto de enfermero en el Hospital de la Concepción, donde, debido a su valía es protegido por el administrador, que era uno de los Álvarez de Toledo.

Ya algo encaminada su vida, el tiempo libre lo dedica al estudio en el colegio de los jesuitas hasta los veintiún años, siendo tal su aplicación que le ofrecieron el cargo de capellán de dicho establecimiento hospitalario. No obstante, él lo rechazó para vestir el hábito de la Orden carmelita bajo el nombre de Fray Juan de Santo Matías.

Atraído por la Universidad  salmantina, viaja a nuestra ciudad dispuesto a ingresar en la misma. Llega a Salamanca en 1564 y, tras estudiar Teología, es ordenado sacerdote en 1567, ganando fama de hombre pobre y austero que se caracterizaba por su enorme celo apostólico, lo que hacía que algunos sintiesen por él gran simpatía y a otros les infundiese temor.

El mismo año que comienza a ejercer el sacerdocio conoce a la religiosa Teresa de Jesús, y, un año después, en Duruelo, alquería cercana a su pueblo natal, toma contacto con la Orden de carmelitas descalzos, a la que se une en Salamanca y cambia su nombre por el de Juan de la Cruz.

En aquellos momentos es cuando formula el voto de la reforma, y, como era el comienzo de las terribles luchas que entablaron entre sí los carmelitas calzados y descalzos, acaba por ser perseguido y encarcelado para evitar que contagiase a otros frailes con sus claras y diferentes ideas. En la cárcel le dan de comer sardinas, sin dejarle beber agua.

Al salir en libertad, sus continuas propuestas de reforma originaron su secuestro muy poco tiempo después. Ello se produce en 1567 y se repite en 1577, año en que es confinado en el convento-mazmorra de Toledo durante nueve meses.

Anteriormente, cuando llegó por primera vez a Salamanca, siendo aún carmelita calzado, debió hospedarse en la casa que los carmelitas calzados ocupaban en las afueras de la puerta de San Pablo, que era lo que subsistía del convento que habían reconstruido sobre lo que quedó de la parroquia de San Andrés.

Así pues, en esta casa-convento fue donde, el todavía Fray Juan de Santo Matías, residió durante los años en que estuvo estudiando en Salamanca, y en su templo oró, meditó y celebró misa en numerosas ocasiones.

Por otra parte, aunque, ya como carmelita descalzo y con el nombre de Fray Juan de la Cruz, no llegó a conocer el posterior convento de carmelitas calzados, y mucho menos la Capilla del Carmen “de Abajo” que los carmelitas terciarios construyeron bastante después de su muerte, sí nos quedaron numerosas huellas de su paso por la ciudad y una prolífica obra poética. De ella extraigo este espléndido poema, titulado “La caza de amor”, que refleja, metafóricamente, su vivencia en busca de Dios:

“Tras de un amoroso lance
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
Tanto volar me convino
que de vista le perdiese;
y, con todo, en este trance,
en el vuelo quedé falto,
mas el amor fue tan alto,
que le di a la caza alcance.

Cuando más alto subía,
deslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en oscuro se hacía;
mas, por ser de amor el lance,
di un ciego y oscuro salto,
y fui tan alto, tan alto
que le di a la caza alcance.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba.
Dije:-“No habrá quien lo alcance”;
y abatíme tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Por una extraña manera,
mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza de cielo,
tanto alcanza cuanto espera;
Esperé sólo este lance,
y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance”.

Durante los cuatro años que estuvo Juan de la Cruz de estudiante en Salamanca, comenzó a escribir alguna de sus obras, y, en esta misma época, conoce a Teresa de Jesús e inician decididamente la Reforma del Carmelo. Con la santa viajó en 1571 para fundar el convento salmantino de carmelitas descalzas, donde ésta moriría pocos años después. No obstante, antes recorrerían juntos las tierras castellanas de Salamanca y Ávila.

Si, como ya sabemos, Fray Juan de la Cruz no llegó a conocer el convento de carmelitas calzados del Carmen “de Abajo”, es fácil que su llegada a la ciudad motivase a los carmelitas descalzos para que construyesen el de la plaza de Santo Tomé, hoy plaza de Los Bandos, donde se fraguó la reforma carmelitana. Anteriormente, en sus años estudiantiles, cuando todavía era carmelita calzado y se le conocía como Fray Juan de Santo Matías, si se alojó en la casa conventual reconstruida sobre las ruinas de la parroquia de San Andrés, es de suponer que en alguna de sus posteriores y breves estancias en Salamanca, cuando ya era fraile descalzo, se hospedase en el convento inaugurado en el mismo lugar el año 1581. Por tanto, serían escasas las ocasiones y los días de cada una de ellas en que Fray Juan se recogiese en dicho monasterio, pues ello lo impedían sus continuos desplazamientos por las tierras de Castilla y Andalucía para fundar “los Conventos de La Reforma”: En 1579 los de las localidades de Pastrana y Baeza, en sus respectivas provincias de Guadalajara y Jaén, así como el monasterio de monjas de Granada en 1582 y los, también de religiosas, de Córdoba y Madrid, los cuales inauguró en 1586.

Así fueron pasando los años y, a fuerza de presidir y regir los destinos de la Orden, Fray Juan de la Cruz dejó la salud en ello. Fue rector y director de la misma y superior de muchos conventos, hasta que, ya agotado y desposeído de todos sus cargos, se retira a morir a Úbeda (Jaén), donde fallece el 14 de Diciembre de 1591 a los 49 años de edad.

Entre sus magníficas obras, escritas en verso y en prosa, destacan “Noche oscura de la subida del monte Carmelo”, “Cántico Espiritual”, “Llama de amor viva” “El pastorcico” y “La caza de amor”. Como recuerdo del paso de San Juan de la Cruz por Salamanca podemos contemplar: un vitor* que, situado en el patio claustral de la Universidad, testimonia haber sido ascendido a la categoría de Doctor de la Iglesia en 1926; una placa con inscripción pintada en sangre de toro que señorea la iglesia del convento carmelita del Carmen “de Abajo”; la escultura en bronce que ha originado esta biografía suya escrita a vuelapluma; y otra inscripción que, en la iglesia del Carmen de la plaza de Los Bandos, perteneciente al antiguo colegio de San Elías, también nos recuerda su presencia en la ciudad.

Para finalizar con este insigne religioso, poeta y escritor, que fue San Juan de la Cruz, quiero rendirle memoria recordando algunas líneas del poema “Cántico Espiritual” que él escribió en su continua búsqueda del Señor:

“¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

Pastores los que fuerdes
allá por las majadas al otero;
si por ventura vierdes
Aquel que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.
Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas.
Ni cogeré las flores
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras”.

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