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También en las inmediaciones del hotel San Polo y de las ruinas de la iglesia que le dio tal nombre se encuentran, además de la Capilla del Carmen “de Abajo”, situada frente al costado oriental del establecimiento hostelero, dos elementos más. Son : la casa donde vivió el penalista catedrático de la universidad de Salamanca Don Pedro Dorado Montero y la escultura de San Juan de la Cruz. De la citada capilla no contaré nada, pues forma parte de otro libro que publicaré más adelante, pero sí hablaré de la casa y la escultura.

La casa, ubicada al sur del hotel San Polo, fue vivienda del insigne jurista y profesor de la Universidad salmantina don Pedro Dorado Montero, a quien en el claustro del edificio histórico de la misma se ha dedicado una de sus antiguas aulas, las cuales, desde su fundación, se llamaron “Generales”, de la misma forma que al edificio de la Universidad se le denominaba “Estudio General” o “Escuelas Mayores”.

En esta casa, entonces adosada a otras, falleció tan extraordinario jurista el 26 de Febrero de 1919, fecha que consta en una placa de mármol blanco que figura junto a la puerta y, en su memoria, fue colocada y descubierta por el Ayuntamiento salmantino el 26 de Febrero de 1922.

Don Pedro Dorado Montero, teniendo la desgracia de ser cojo y manco, nació en el seno de una familia humilde y fue educado en la religión católica, pero, para ir al colegio, tenía que desplazarse unos siete kilómetros, desde Navacarros, su pueblo natal, hasta Béjar, cabeza de partido de la provincia de Salamanca.

Estudia derecho, y, protegido por un tío suyo, obtiene una beca y marcha a Italia, donde se dedica al derecho penal. Allí descubre nuevos horizontes en las, entonces, nuevas doctrinas del derecho penal y tiene al delincuente por un enfermo, además de publicar en España alguna de sus obras, como: “Problemas de Derecho Penal” y “El Derecho y sus sacerdotes”, que eran la última palabra de la ciencia penal.

El obispo de Salamanca Fray Tomás de Cámara y Castro le llama la atención y quiere separarlo de la cátedra porque Dorado Montero no quería que los alumnos supiesen los textos de memoria, sino aprendiesen a descubrir. Quería ahondar en el alma de sus discípulos y explicaba un programa que contenía toda la esencia del Derecho. Desde muy temprano trabajaba de pie ante el pupitre. Leía al mediodía y seguía leyendo por las calles, por los caminos. Es, sin duda, un hombre simbólico de su tiempo, tenaz en sus ideas, caballero en todo y de gran humildad científica. Dorado Montero había trabajado mucho, y, antes de morir, sufre en silencio, sin decirlo a nadie. Con su muerte desaparece aquel ilustre penalista, pero su obra queda viva en gran número de sus discípulos.

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