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Pasemos ahora a conocer el ábside del lado de la epístola (foto 2), es decir, el que enlaza con el costado de la iglesia que sirve de margen a la calle del Rosario. De los tres ábsides que ahora nos preocupan, éste es el que ha tenido mayor elevación respecto al suelo de la calle, ya que, como sabemos, fue rebajado y pavimentado a principios de la década de los noventa del siglo XX. En él se contemplan dos tipos de piedra: la granítica, que vemos en la parte inferior, y la arenisca de las canteras de Villamayor que ofrece en el resto.

En la zona inferior del ábside, el tramo recto que mira a la calle del Rosario presenta un fragmento de imposta ornamentada con ovas. Más arriba, al igual que en los otros ábsides, se ve una hilera de sillares decorados con su correspondiente hueco que, cual diminutas hornacinas, muestran arco trilobulado, aunque, en alguna de ellas, los lóbulos resultan casi imperceptibles debido a su alto grado de erosión, contra la que no pudo hacerse nada durante la restauración ejecutada entre 1958 y 1970. A mayor altura, subrayando la ventana, cruza el ábside de izquierda a derecha una imposta decorativa de bolas casi exentas y otros elementos ornamentales en forma de herraduras invertidas o "U" que alternan entre sí y se suceden por unidades en el primer tercio del recorrido, mientras que en el resto siguen desfilando alternativamente una bola por cada dos formas de herradura; elementos de escaso resalte que simulan estar empotrados en la pared.

En el centro del ábside se abre una ventana abocinada que tiene forma de saetera poco pronunciada, cuya piedra, diferente de tonalidad en cuanto a la que predomina  en el resto del edificio, testimonia que fue restaurada en los años sesenta de la vigésima centuria. Está enmarcada por arco de medio punto y las dos columnas bizantinas que lo sostienen. Las dovelas del arco son muy desiguales y están dispuestas asimétricamente. Cada una de ellas tienen una decoración formada por un trío o un cuarteto de pequeñas cartelas apergaminadas que aparecen emplazadas en posición radial, mientras que al lado de la correspondiente  piedra cimacial que corona cada capitel, una imposta se decora con estrecha línea quebrada en zig-zag que está ejecutada en hueco-relieve. Las columnas constan de un pequeño plinto y basa ática que se caracteriza por la anchísima escocia que la moldura entre los dos toros, además de fuste hexagonal y capitel.

Estos capiteles, definidos por Gómez Moreno como "muy bárbaros", están constituidos por un astrágalo  o collarino muy pronunciado para las dimensiones que tiene y equino en forma de pirámide truncada e invertida, cuyas dos caras vistas ofrecen su correspondiente labra a modo de "U" terminada en volutas muy simples además de una especie de cruz que figura en la arista.

En cuanto a los fustes, aunque ambos tienen sección hexagonal, se diferencian en que el de la columna izquierda tiene lisas todas sus caras, mientras que el de la columna de la derecha muestra en una de ellas decoración de meandros terminados en formas vegetales.

Contemplando detenidamente estas columnas que enmarcan el vano, advertimos que las piedras correspondientes a los fustes son piezas distintas a las que conforman el muro, aunque están adosados a él. Por el contrario, las basas y los capiteles forman una sola pieza con el sillar que coincide con ellos.

Remata este ábside una cornisa románica sostenida por canecillos (también llamados modillones) que son diferentes a los de los otros ábsides, pues unos se adornan con una careta o un hombre visto de cintura para arriba, desnudo y con la ropa recogida a la altura del cuello, mientras que otros lo hacen con bolas o con paralelepípedos que parecen libros semi-incrustrados y en perspectiva, cilindros que en ocasiones parecen estar abollados frontalmente, molduras de diversos tipos, y una que luce un par de cabezas de hombre y mujer que miran al frente (foto 3).

Canecillos del ábside de la Epístola
Canecillos del ábside de la Epístola

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