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A vista de pájaro se advierte a los pies de la Iglesia de Santo Tomás Cantuariense una torre campanario levantada a comienzos del siglo XVI; campanario que forma una galería con amplios vanos que permiten ver las campanas. Por tanto, estamos ante una torre que destaca por su altura respecto a la nave y al crucero*, y más aún si la comparamos con la cabecera, pues ésta queda más baja todavía.

Este templo de pequeñas dimensiones fue comenzado a construir en  estilo románico, tal como testimonian muchos elementos arquitectónicos y ornamentales que la componen: su planta de cruz latina, la cabecera triabsidal*  de forma semicircular, la mayoría de las cornisas con canecillos*, las ventanas abocinadas de arco de mediopunto* sostenido por columnas bizantinas de capitel corintio, la tenencia de una sola nave que en un principio estuvo totalmente desornada, y los pilares con columnas adosadas que hay en el interior. Quedan fuera de este estilo: el resto de los canecillos del cornisamiento*, la abocinada puerta gótica tipo Tudor* que se abre en el costado norte de la nave, los pies de la iglesia y la torre levantada a comienzos del siglo XVI sobre el astial* en que se abre la portada principal, los arcos, cúpula y bóvedas protogóticas del crucero y de los ábsides, el arcosolio* gótico tardío de don Diego Velasco y la capilla renacentista de Nuestra Señora de la Consolación que ocupan, respectivamente, los muros fondales de los brazos del crucero, y los escudos barrocos de descendientes de don Luís de la Peña que señorean los muros laterales de la nave del templo. El grado de conservación del conjunto es bastante aceptable, a lo que ha contribuido en gran medida la anchura de los muros y su reforzamiento con estribos o contrafuertes de unos treinta centímetros de resalte. No obstante, algunos sillares* de los muros de la torre están grapados, mientras que la cabecera absidal abre ventanas que, durante la restauración efectuada en la iglesia de 1958 a 1970, fueron reconstruidas o modificadas, lo que pudiera dar lugar a error en cuanto a su original estilo románico si no fuese por las diferencias de oxidación que ofrece la dorada piedra arenisca de Villamayor con que están construidos sus elementos arquitectónicos  y ornamentales.

La base sobre la que asienta el edificio quedó más elevada desde comienzos de la década de los 90 del siglo XX, ya que, en esta época, se rebajó el nivel de la calle, siendo alcalde de la ciudad el socialista don Jesús Málaga Guerrero.

Coronando los muros discurre un cornisamiento sostenido por canecillos, también denominados modillones, los cuales eran utilizados desde muy antiguo en las edificaciones importantes para que, al llover, las aguas vertiesen sin tocar los muros, evitando así que se dañasen. Por ello, los  distintos tramos de cornisa lucen curiosos canecillos de tradición mozárabe que aparecen conformados por lobulados* rollos superpuestos, así como otros que son estríctamente románicos y muestran variadísimos motivos ejecutados con destreza: unos tienen forma de naveta con baquetones* al través, mientras que otros se rematan en cilindros o semicilindros, hojas arbóreas espléndidamente labradas, lazos, cabezas de hombres, un león, un lobo, un perro, un tonel, dos cabezas juntas que corresponden a hombre y mujer y figurillas que parecen estar luchando. En suma, una preciosa serie de elementos ornamentales que son característicos del arte románico.

Los gruesos muros de esta iglesia, levantados en piedra de sillería procedente de las canteras del pueblo salmantino de Villamayor, junto con los contrafuertes o estribos, concebidos con sillares del mismo tipo de piedra, conforman un conjunto arquitectónico de aspecto macizo. A ello contribuye la robustez, amplitud y escasa altura de la torre, que, a los pies de la nave de la iglesia, ocupa el ancho de toda la fachada principal, cuya puerta mira a occidente. Así mismo, algunas ventanas saeteras* y otras abocinadas que ofrecen escasa abertura, junto con la citada torre, hacen pensar que el templo pudo haber sido utilizado como fortaleza en las encarnizadas luchas entre los bandos salmantinos, mientras que la poca ornamentación externa y el escaso desarrollo que tienen por el exterior los brazos del crucero, así como las reducidas dimensiones de la nave y la existencia de celdas penitenciales de "las emparedadas" o la tamizadísima luz natural que se filtra al interior a través de sus ventanas, dan a la iglesia un profundo aire de recogimiento.

Observando cuidadosamente se aprecia que, desde el pavimento de la calle hasta una altura aproximada de metro y medio, gran parte de los muros del templo han sido reconstruídos en la década de los sesenta  del siglo XX, pues estaban muy deteriorados a causa del llamado "mal de la piedra" que ataca a la piedra arenisca con que están construidos los monumentos arquitectónicos salmantinos y numerosas edificaciones más que se encuentran dispersas por la ciudad. También resulta interesante curiosear las huellas que dejaron los canteros en los sillares del templo, es decir, las marcas que éstos imprimieron en las piedras para testimoniar el trabajo que hizo cada uno de ellos. Estas marcas se encuentran en : la fachada principal, que mira a occidente; la fachada sur, que cierra la nave por el costado de la epístola; el testero* y la cara occidental del brazo sur del crucero, el pequeño tramo del muro sur situado entre el contrafuerte de dicho brazo del crucero y el ábside lateral ubicado junto a la calle del Rosario; los tres ábsides que conforman la cabecera; la zona de la fachada norte que corresponde al cerramiento de la nave y el testero y cara oriental del brazo norte del crucero, así como la parte del muro norte que hay entre el contrafuerte del brazo del crucero y el ábside lateral del lado del evangelio. Igualmente, en el interior, las marcas quedan patentes en: el brazo del transepto* correspondiente al lado del evangelio y los costados meridional y septentrional que cierran la nave por el lado de la epístola y del evangelio respectivamente.

En un primer paseo alrededor de la iglesia, observamos que desde la cabecera a los pies, mide unos treinta metros de longitud, mientras que en altura, como ya vimos anteriormente, va decreciendo de occidente a oriente, pues la parte más alta la constituye la torre que se alza a los pies y la más baja la conforma la cabecera triabsidal del templo. También pudimos comprobar que la llaga de sus sillares de piedra arenisca no es siempre la misma, sino que oscila alrededor de los veintiocho y cuarenta y dos y medio centímetros, pues va variando según las hiladas; que los sillares van dispuestos "a soga"; que con la restauración llevada a cabo entre 1958 y 1970 se han eliminado en todo lo posible los abombamientos surgidos en los muros a causa de la acción de los elementos naturales y el paso del tiempo o los producidos por desidia humana, aunque conservan algunas discontinuidades derivadas de las sucesivas reconstrucciones y reformas o alteraciones eliminatorias que ha sufrido el edificio; y que la cabecera es la parte que conserva más íntegramente sus formas románicas primitivas  tanto en el exterior como en el interior, sobre todo desde que se llevó a cabo la restauración concluida en 1970.

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